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EN EL ANIVERSARIO 150 DEL INICIO DE LA LUCHA POR LA INDEPENDENCIA

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                                        Carlos Manuel de Céspedes

Por Rafael Labrada Díaz

Cuando corría el año 1868, a España solo le quedaban como colonias en América Cuba y Puerto Rico, pues las restantes regiones que antes estaban bajo el dominio de los peninsulares habían conquistado su independencia, tras una cruenta guerra de liberación.

Esta situación llevó a los colonialistas a explotar al máximo a la Mayor de las Antillas para tratar de paliar la difícil situación económica de la Corona, habituada a vivir de los territorios conquistados en el llamado Nuevo Mundo y que ya buena parte no le pertenecía; ello exacerbó las contradicciones de la Isla con la Metrópoli. 

Los hacendados criollos poseían prácticamente el poder económico, pero no tenían ningún derecho político, mientras los impuestos que aplicaba la metrópoli cada vez eran más elevados y ello fue creando un ambiente cada vez más hostil de los cubanos respecto a España.

Por otro lado, los españoles mantenían el régimen esclavista, lo cual ya en esos momentos constituía un freno para el desarrollo económico, político y social y no se vislumbraban cambios en este sentido, todo lo cual contribuyó a que en la Isla fuera formándose una nueva conciencia entre los criollos y la formación de la nacionalidad cubana.

Este desarrollo en el campo de las ideas más los obstáculos que significaban las férreas medidas de España, crearon las condiciones objetivas para que los patriotas decidieran iniciar la lucha armada contra la metrópoli con el propósito de alcanzar la independencia de Cuba.

El 10 de octubre de 1868 el abogado Carlos Manuel de Céspedes, rico hacendado bayamés, se declaró en guerra contra los peninsulares, les dio la libertad a sus esclavos en su ingenio La Damajagua y los invitó a luchar para alcanzar la libertad de la patria.

En reunión de los patriotas celebrada en el territorio de Las Tunas, se había acordado iniciar la contienda en una fecha posterior, pero la delación de un traidor obligó a los patriotas a adelantar la fecha del alzamiento para evitar que los principales jefes fueran hechos prisioneros.   

Los revolucionarios de Las Tunas, tres días después del hecho de la Demajagua  en Bayamo, atacaron la ciudad, bajo el mando de Vicente García, quien procedía de una de las familias más acaudaladas de la región y prácticamente la tomaron, pues solamente la iglesia no cayó en manos de los insurrectos.   

En diversas zonas del territorio oriental otros patriotas también se sumaron a la lucha contra la metrópoli, lucha que se extendió durante diez años en los que, pese a la superioridad en hombres y armas del ejército peninsular, este sufría constantes derrotas en el campo de batalla y cada vez era más palpable la victoria definitiva de los cubanos.

El ejército español no pudo impedir que la guerra se extendiera hasta las regiones central y occidental del país, como estaba previsto en las principales estrategias del Ejército Libertador; a ello se unía el hecho de que los soldados peninsulares estaban expuestos a un clima ajeno al existente en España.

Hacia 1877, la contienda prácticamente estaba ganada por los patriotas cubanos; estos tenían el dominio de la mayor parte de las zonas rurales en los territorios de Oriente, Camagüey y el centro de la Isla, y cada vez que los españoles intentaban incursionar en esas comarcas, sufrían cuantiosas bajas al chocar con las tropas revolucionarias.

Los nombres de Máximo Gómez, Antonio Maceo, Vicente García, Ignacio Agramonte y muchos más brillaron en los campos de batalla por su valor, heroísmo y sagacidad en el manejo de sus tropas, cualidades que conducían, en cada ocasión, a que los revolucionarios salieran victoriosos en los combates frente a sus enemigos peninsulares. 

En el campo insurrecto, esta favorable situación chocó contra factores más fuertes que el ejército español: la falta de unidad entre los patriotas, el caudillismo y el regionalismo, elementos que hicieron mella entre las fuerzas cubanas y buena parte de ellas optó por acatar la propuesta de paz formulada por los españoles.

El general español, Arsenio Martínez Campos, fue enviado a Cuba, para aplicar una política astuta, basada en no responder a los ataques de los cubanos y convencer a los oficiales del Ejército Libertador sobre la necesidad de poner fin a la guerra; así surge lo que pasó a la historia como la Paz del Zanjón, que declaraba el fin de la contienda, pero sin lograr la libertad de Cuba. 

Martínez Campos no pudo completar su obra, por cuanto los insurrectos orientales, con el Mayor General Antonio Maceo al frente, en entrevista con el alto oficial español, le hicieron saber que ellos no acataban esa paz, porque no incluía la independencia de Cuba y que continuarían la lucha hasta alcanzarla.

La guerra prosiguió algún tiempo más en esta región, hasta que los revolucionarios se percataron de que era prudente hacer un alto en la contienda, salir al exterior de la Isla y cuando tuvieran mejores condiciones, regresar a la Patria para reiniciar los combates a fin de liberarla del coloniaje español.   

 

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