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LAS PASCUAS SANGRIENTAS.

Por Rafael Labrada Díaz

Del 24 al 26 de diciembre de 1956, la dictadura de Fulgencio Batista  en Cuba  llevó a cabo una criminal operación con el fin de eliminar a efectivos revolucionarios en diferentes lugares de la entonces provincia de Oriente, hecho que pasó a la historia como las Pascuas Sangrientas.

El alzamiento del 30 de noviembre, organizado en Santiago de Cuba por Frank País NO cumplió el objetivo de apoyar el desembarco del Granma, pues el yate se retrazó en su travesía a causa de un mal tiempo, con respecto a la fecha acordada,  y llegó a costas cubanas días después.

Ese hecho, unido a la sorpresa ocurrida en Alegría de Pío, donde los expedicionarios recibieron un duro golpe, hizo pensar a la tiranía que el proyecto revolucionario de Fidel Castro había sido liquidado.

Así se consideró en un recuento de los hechos efectuado el 22 de diciembre, durante una reunión presidida por el dictador Fulgencio Batista. En esa reunión se informó acerca de la posibilidad de otro desembarco por la costa norte de Oriente de un grupo de expedicionarios que venía en el yate Corynthia.

Ante ello, el gobierno de Batista dio carta blanca al coronel Cowley Gallegos, jefe militar de la zona de Holguín, para que adoptara las medidas necesarias a fin de evitar que el grupo recibiera apoyo desde tierra a la hora del desembarco y posterior internamiento en las montañas orientales.

Comenzó así el 24 de diciembre de 1956 una verdadera casería y masacre que se extendió hasta el día 26, lapso en el cual los esbirros de la tiranía asesinaron a más de VEINTE revolucionarios, principalmente miembros del Movimiento Revolucionario 26 de Julio y del Partido Socialista Popular.

Entre las víctimas de la hoy provincia de Las Tunas se encontraba Pelayo Cusidó Torres, que apareció colgado de un árbol en un apartado camino, cuyo entierro en el cementerio Vicente García, de la ciudad de Las Tunas, fue una verdadera manifestación de odio a la tiranía batistiana y condena a esos hechos de carácter fascista. 

Con estos actos de barbarie, la dictadura pretendía dar un escarmiento para sembrar el terror entre sus opositores, pero la población, antes de amedrentarse, incrementó su profundo sentimiento de repudio al régimen y ratificó la convicción de que frente a semejante proceder, solo cabía combatir con las armas en la mano aquella situación de corte fascista.

       

 

       

 

 

 

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